La exposición diaria a químicos, muchos de ellos disruptores endocrinos, debilitan nuestro sistema inmunitario, y un sistema inmunitario débil es un factor que agrava la incidencia de la COVID-19 en las personas. Este es uno de los muchos aprendizajes que debemos sacar de la situación actual para exigir medidas y que en posibles futuras pandemias tengamos mayor protección y capacidad de respuesta.

De las muchas las lecciones que está dejando esta situación tan dramática que estamos viviendo, hoy destacamos tres de ellas:

1. Nuestro modelo de desarrollo no es inocuo y tiene muchas consecuencias. Por ejemplo, las zoonosis -el salto de enfermedades de animales a seres humanos- como la causada por el coronavirus, se ven favorecidas por la pérdida de la biodiversidad (y recordemos que el ser humano tiene mucho que ver en la desaparición diaria de 200 especies).

2. La COVID-19 afecta a todas las personas, pero no con la misma incidencia en todas ellas. A día de hoy, tal y como informa el Ministerio de Sanidad y que repite los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE UU- hay personas que son más vulnerables a los efectos de esta pandemia: mayores de 60 años, aquellas que sufren enfermedades crónicas como obesidad o diabetes, hiperpresión arterial, enfermedades cardiovasculares, enfermedades pulmonares crónicas, cáncer o inmunodeficiencias.

3. Aunque es pronto para tener datos concluyentes sobre una enfermedad que la ciencia conoce desde apenas cuatro meses, empieza a haber evidencia sobre algunos factores que parece que inciden de manera negativa en la vulnerabilidad de los conocidos grupos de riesgo. Uno de ellos son los tóxicos y disruptores endocrinos.

En un artículo publicado el viernes 17 de abril, los doctores vom Saal y Cohen describen la relación entre sustancias tóxicas y fallecimientos por el coronavirus. Según estos doctores, las enfermedades previas de las personas vulnerables tienen en común su cronicidad y que todas implican la interrupción del sistema inmunitario.

En EE UU estas enfermedades crónicas han ido en aumento constante durante los últimos 50 años. Y resulta fácil aventurar que lo mismo ha ocurrido en Europa, puesto que, como dice el artículo, “están asociadas con el dramático incremento de la producción química para su uso en plásticos, materiales de construcción, pesticidas, cosméticos, muebles, utensilios de cocina, envases de alimentos, textiles y muchos otros productos que se están infiltrando constantemente en todos los aspectos de la vida humana”.

Muchas de estas sustancias químicas son disruptores endocrinos que pueden interferir con el normal funcionamiento del sistema hormonal que participa en la comunicación celular, incluida las respuestas del sistema inmunitario.

Sin embargo, a pesar de la omnipresencia de estas sustancias en nuestro día a día, quizá la mayor fuente de exposición sea a través de la dieta: el aumento del consumo de productos envasados y ultraprocesados, la constante presencia de residuos de plaguicidas en los alimentos, el excesivo número de aditivos alimentarios que provocan que nuestra dieta sea deficiente y la presencia de disruptores endocrinos como el bisfenol A y de plaguicidas disruptores endocrinos pueden alterar el normal funcionamiento del sistema hormonal.

 

Es hora de actuar

Las sustancias químicas y disruptores endocrinos son una de las causas de las enfermedades crónicas propias de nuestro estilo de vida. Son nuestros tóxicos cotidianos y con los que llevamos conviviendo mucho tiempo. Por tanto, es evidente que ningún cambio que hagamos ahora puede reducir repentinamente las consecuencias del coronavirus, pero sí pueden mejorar nuestra salud mejor y ser más resistentes.

La propagación del coronavirus parece haber logrado el consenso de expertas y expertos:  es probable que se produzcan pandemias globales con una frecuencia cada vez mayor. Para ello, urge reducir los grupos vulnerables, por lo que es imprescindible disminuir las enfermedades crónicas. Y por tanto, urge reducir la exposición a sustancias químicas, en especial a disruptores endocrinos.

La mala noticia es que a pesar de las crecientes evidencias entre el aumento de las enfermedades crónicas y la exposición a disruptores endocrinos, la Unión Europea no ha implementado instrumentos de reducción de la exposición a estas sustancias.

Son necesarios cambios en nuestro estilo de vida, los cuales incluyen una alimentación de alimentos no procesados, libres de pesticidas y de proximidad, el consumo de agua de red y no embotellada con plásticos que pueden liberar sustancias contaminantes, y la reducción a otro tipo de contaminantes que pueden tener los cosméticos, ropas técnicas, etc.

El Gobierno español tiene que publicar cuanto antes el Plan Nacional y Medio Ambiente e implantar medidas eficaces que posibiliten que nuestros hogares y el medio ambiente sea más sano y toda la ciudadanía sea más resistente a las enfermedades.